28/2/16

La Biblioteca de Babel. J.L.Borges

Una reflexión:  
Jorge Luis Borges anticipó en su 'Biblioteca de Babel' lo que años más tarde conocemos por WWW (la web).
La Biblioteca es plenamente hipertextual, 
de alguna manera se anticipó al desarrollo de dicho lenguaje.

La Biblioteca de Babel

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta         letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

20/2/16

Lois Pereiro. Poeta gallego y underground (1958-1996)


 CURIOSIDAD
  
Saber que uno está cerca de la muerte
y el cuerpo es un paisaje de batalla:
una carnicería en el cerebro.

¿Permitirías tú, amor desierto,
que en esta fiebre penitente abriese
la última puerta y la cerrase
tras de mí, sonámbulo e impasible,
o pondrías el pie
entre ella y el destino?

Noviembre, 92

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   (“Yo soy la muerte…”, dijo Oppenheimer, cuando vio los efectos de la bomba atómica que él había contribuido a crear. Recordó la frase del Baghavad Gita: “Yo soy la muerte, la destructora de mundos”. Esto es algo parecido.)
  
ACRÓSTICO
  
Solamente
intentaba conseguir
dejar en la tierra
algo de mí que me sobreviviese

sabiendo que debería haber sabido
impedirme a mí mismo
descubrir que sólo fui un interludio
atroz entre dos muros de silencio

solo pude evitar viviendo a la sombra
inocularle para siempre a quien amaba
dosis letales de amor que envenenaba
a su alma con un dolor eterno

sustituyendo el deseo por el exilio
inicié el viaje sin retorno
dejándome llevar sin resistencia
al fondo de una interna
aniquilación llena de nostalgia.

Noviembre, 94

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   Un Lied de Mahler sería la banda sonora: “Nun will die Sonne so hell aufgeht”, en la voz de Christa Ludwig… Por ejemplo. (Tratamiento para enamorados, cuando “la vida anochece en cada hueso”, por ejemplo. Pero tengo motivos, movimientos, gestos, para sentirme feliz y satisfecho; y también para estampar el coche contra todo lo que perdí en el camino de regreso.)
  
XVI
(Análisis hemático del amor)

 Con el amor que se interpone
entre vosotros
y mi miedo
se alteran los parámetros orgánicos
de mis restos en frágil equilibrio
bien restaurados y supervisados.

Y podría hacer un Lied amargo
dedicado a mis seres más amados
modificando mis CD4
y bajando el nivel de protrombina
de este cuerpo que flota en endorfinas
sin jeringas o fármacos
que las lleven.

La sed por soñar aumenta la fiebre
y causa hemorragias invisibles
exiliando de la sangre los hematíes.

Pero las lágrimas lubrican el deseo
provocan más nostalgia
y anestesian.

La amistad protege y el amor cura
el odio contagia y hiere
la indiferencia mata.

Apagado este incendio sobrevivid libres
de este estertor final de quien os ama.

Julio, 95

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XXV
  
Déjate devorar por quien te escoja
ahora que eres una luz evadida
de la oscuridad que te había capturado.

Déjate devorar
e impide fieramente
que te vuelva a habitar y te contagie
tu latente sombra irrevocable.

Julio, 95

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   (“No a la transmigración en otra especie. / No a la postvida, ni en cielo ni en infierno. / No a que me absorba cualquier divinidad. / […] / Mi envite es al no ser. A lo seguro. / Rechaza otro existir, tras consumida / mi ración de este guiso indigerible. / Otra vez, no. Una vez ya es demasiado.”
J.M. Fonollosa)

 TRANSMIGRACIÓN
  
Esta energía ya no va a tener fin,
no fue creada ni será destruida.
Irá ocupando diferentes vidas,
transformándose en emociones ajenas
tatuadas en otros cuerpos paralelos,
en simultáneas procesiones
sin pausa.

En un cálido universo apasionado
me voy dosificando con usura,
hasta que llegue la hora de volver,
cansado y feliz,
al punto de partida.

Agosto, 95

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(“Donde está el peligro crece también lo que salva”, pensaba Hölderlin… Yo empiezo a saberlo.)
  
A TRAVÉS DEL COLCHÓN
  
Vendrá callada, oculta y con nocturnidad,
llegando desde abajo a través del colchón,
entre las derivaciones intuidas y temidas
de una vírica rebelión interna:
la herencia que conservo y atesoro
como si fuese mi propia sombra.

Septiembre, 95

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(Reírse de la vida, de la muerte, y de todo lo que fue creando el hombre en su debilidad y su capacidad imprevisible de crueldad. Y dijo Yeats: “He knows death to the bone Man has created death”.)
  
UN SUEÑO AJENO REPETIDO
  
Lo cierto es que tengo la impresión a veces
que se hace más patente cada día
de que a pesar de las evidencias en contra
debí morir entonces

y estoy viviendo un sueño repetido
en las noches de los que me siguen queriendo.

Octubre, 95


(1958-1996)


  
(Y finalmente, con sueño atrasado, mal vivido pero feliz, sereno y satisfecho, ya puedo regresar a mi cadáver.)´
                                                                          T.S. Eliot, The Waste Land)
  
PODRÍAN ESCOGERLO COMO EPITAFIO
  
Escupidme encima cuando paséis
por delante del lugar donde yo repose
enviándome un húmedo mensaje
de vida y de furia necesaria.

Octubre, 95

15/2/16

Inmaculada Decepción


Hoy toca hablar de “Inmaculada Decepción”.

Se trata de un blog muy completo sobre literatura y poesía, en funcionamiento desde 2004, por lo tanto veterano, con una zona de descarga de textos y otra para escuchar la voz de escritores y poetas especialmente latinoamericanos.

Primera entrada 2004

11/2/16

Felix Menkar en 'Veintisiete Enanos'

El compañero Ruben Sanchez ha recopilado una serie de poemas y sonidos míos dispersos en el ciberespacio...agradecido.
Félix Menkar

-- enlace a 'Veintisiete Enanos'

Bio

Félix Menkar, activista intermedia, escritor y poeta, nace en Barcelona en 1955. Recibe su bautismo contracultural en la revista Ajoblanco entre 1976 y 1979, después participa en disciplinas variadas en su ciudad que van desde la fundación del LIAD, tertulias literarias, cabarets poéticos, programas de radio, viajes iniciáticos, conciertos, editora musical (4 Sellos) y organización de eventos artísticos. (EXACTA PALABRA)
 Reside en Valencia desde 1990. Investigador de la esfera, buceador entre palabras en imágenes, recalcitrante resistente y compañero crítico, creador de nexos entre arte y poesía, entre generaciones, ideologías y estéticas. El no-arte total como objetivo, el respeto como práxis, la curiosidad como impulso, la heterodoxia como límite, la imperfección como modelo, la vida como escenario de combate. (Extraído de WET DREAMS)

8/2/16

Titiriteros y libertad de expresión


Había una vez una ciudad (Madrid), había una alcaldesa bienintencionada, un enrarecido clima político, había unos titiriteros, había unos padres, unos niños, unos policías, un fiscal, un juez, una pancarta, conclusión los titiriteros a la cárcel por terroristas y todo por falta de dialogo, de cultura y no saber distinguir entre sátira y realidad.
¡Viva la Libertad de Expresión!


y me apropio de un articulo subido al Fb que viene al pelo cortesía de Ignacio Muñiz.....


“La plus grande manifestation de l'histoire récente de l'Espagne” Adolfo Suárez y el 22M


La Historia ha vuelto con sus  guiños.
La casualidad azarosa nos ha dejado esta semana una imagen para la Historia de lo más metafórica. Un día después de la “más grande manifestación de la historia reciente de España” (como titulaba el periódico francés, L´Humanité, ese mismo día) que podría interpretarse como el final (o el comienzo del final) de la Transición, fallecía el primer presidente de la Transición española después de una prolongada y dura enfermedad de alzheimer.  
La Transición española, que muchos hemos denominado Transacción, no dejó de ser un trato nacido de un tardo-franquismo que quería entrar en la comunidad económica europea (CEE), y modernizarse, sin perder del todo sus privilegios (instituciones, oligopolios, Iglesia) y sin abordar la verdad, la reparación y la justicia que las víctimas de la Dictadura tenían derecho a recibir según la legislación internacional.
Primero vino la Ley de Amnistía el 15 de octubre de 1977 cerrando ese camino (ley de punto y final) y, a cambio de iniciar un proceso de democracia parlamentaria y representativa, la izquierda que iba a sentarse en el Parlamento entonó alegre la canción de Jarcha “Libertad sin ira” confundiendo ira con justicia y pasando la página de la Historia sin que la sociedad la hubiera leído.
Diez días después se celebraron los famosos Pactos de la Moncloa donde, entre otras cuestiones, se forjó un modelo sindical que para muchos fue, en gran medida, un modelo sindical de Estado, controlado por él  (como habían sido los sindicatos verticales de Franco) donde se daba cabida a la libertad sindical pero estructurada a través de las elecciones sindicales (invento franquista), las subvenciones, el pacto y la desmovilización de los trabajadores. Se pretendía contener de este modo (y se consiguió) las pulsiones ciudadanas (que eran muy fuertes) y las organizaciones de base que propugnaban la democracia directa.
Tal vez, en aquel contexto, con tanto miedo e incertidumbre, no cabía otra cosa. Tal vez la búsqueda del consenso fue el mayor logro. Logro que capitaneó Adolfo Suárez lo mejor que pudo,  “traicionando a los suyos” e incumpliendo sus juramentos al Movimiento (al igual que el Rey), cuanto menos de manera honesta.
Pero como continuaba diciendo la canción de Jarcha: “Porque hay Libertad…y si no la hay… sin duda la habrá”  esa libertad de aquel presente la situaba en un futuro más sembrado de dudas que de certezas.
Hoy, un sistema político (democracia parlamentaria y representativa) de corrupción generalizada, y un sistema económico (capitalismo) que se retroalimenta con el anterior y que se basa en la rapiña y el robo también generalizado,  está comenzando a ser más que cuestionado y contestado en las calles por una sociedad hasta ahora desmovilizada gracias a un sindicalismo burocrático (no sólo en España sino en toda Europa).
Con una comunidad económica europea (hoy Unión Europea) al servicio de la Banca y de las empresas que cotizan en Bolsa, el sistema político y económico está mostrando su cara más decimonónica y violenta, incompatible con la verdadera Democracia y la verdadera Libertad. Poca democracia y poca libertad puede haber cuando el último informe de Cáritas señala que España es el segundo país de la UE con el mayor índice de pobreza infantil, con 13 millones de pobres (29% de la población), 3 millones en la pobreza extrema, donde los salarios han bajado tanto que aun trabajando se sigue en la pobreza; con 6 millones de parados (el 60% de los jóvenes); con recortes en Educación que están provocando que sólo los menos pobres puedan llegar a la Universidad; con recortes en Sanidad que ya están afectando a la salud de los ciudadanos (sobre todo a los que tienen menos recursos) creciendo alarmantemente las depresiones y  los suicidios; con desahucios masivos y cortes de agua por impago a 300.000 familias e interrupciones del suministro eléctrico a 1.400.000 hogares en 2013…. En fin,  con  reconversiones industriales que nos han dejado sólo para hacer palmas a los turistas.
Ante esta situación la respuesta del Estado es la violencia. En España hay 15 veces más posibilidades de ser encarcelado que en el resto de la UE. (cuando la tasa de delitos es de las más bajas) con cárceles superpobladas (el Informe del Defensor del Pueblo de 2013 afirma que 541 internos presentaron denuncias por malos tratos y torturas) y con la criminalización de las protestas sociales, que terminan calificando de “terroristas” (o casi).
Para muchos el  15M  fue el inicio (tal vez confuso) del cambio y el 22M la continuación (con menos confusión): el fin  de la Transición, que comenzó, como siempre ocurren los cambios, con la toma de conciencia y con la pérdida del miedo.
Por mucho que la mayoría de medios de comunicación intoxiquen y quieran fomentar una vez más el miedo (los antidisturbios el 22M cargaron cuando la manifestación NO había finalizado. Provocaron, apalearon...y recibieron la rabia de algunos que ya no la contienen. Una estrategia bien orquestada desde la Subdelegación del Gobierno, primero calentando el ambiente con el excesivo despliegue policial, después  provocando altercados por parte de unidades infiltradas, para terminar abandonando a 50 antidisturbios ante cientos de jóvenes cabreados –hecho que los propios antidisturbios han denunciado por haber sido utilizados como “conejillos de indias”- con el objetivo de conseguir las deseadas imágenes que impidieran hablar de una protesta histórica,  copado estos hechos casi todos los medios informativos, cada vez más desprestigiados por su falta de profesionalidad)…Cuantos más palos y más ninguneo mediático más va a crecer la protesta violenta…aunque ésta sea metafórica.
Entonces intentarán prohibir hasta las metáforas, como cuando en la escena cómica de la película El Cartero y Pablo Neruda, la tía beata de la novia del cartero (María Grazia Cucinotta: maciza donde las haya) va escandalizada a contarle al cura del pueblo que ha pillado al cartero (el entrañable Massimo Troisi) "¡haciéndole metáforas a su sobrina!" sin saber muy bien qué eran eso de las metáforas y las poesías.