Un inquietante viaje con cámara y dosímetro por la
Chernóbil que la URSS no quería que
viéramos
José Antonio
Luna
29 de mayo de 2019
- Con
motivo del éxito de la miniserie sobre la catástrofe nuclear, hablamos con
dos fotógrafos que han documentando de cerca los efectos del desastre que
paralizó a medio mundo en 1986
- “Al igual
que las personas visitan Auschwitz para ver los efectos del exterminio
nazi, también deberían visitar Chernóbil para comprobar las consecuencias
de descuidar la energía nuclear”, apunta el fotógrafo polaco Arkadiusz
Podniesinski, que trabaja en la zona desde el año 2008
- “Es
sorprendente cómo algo sin presencia física detectable sin un instrumento,
pueda ser tan dañino”, explica sobre la radiación el fotoperiodista David
McMillan, que ha visitado el área en 22 ocasiones
Chernobyl se ha convertido en la mejor serie de terror del año cuando ni siquiera
forma parte del género. Tampoco es ficción (o no del todo). El desastre nuclear
que paralizó a medio mundo en 1986 fue una realidad que todavía hoy lidia con
las consecuencias, tanto humanas como naturales, de aquella noche en la que el
reactor número cuatro de la central Vladímir Ilich Lenin estalló por los aires.
Ardió durante 10 días y contaminó más de 142.000 kilómetros cuadrados, desde
Ucrania hasta la ciudad rusa de Briansk, pero podría haber sido mucho peor de
no ser por los héroes anónimos que sacrificaron sus vidas para evitar un daño
mayor. Chernóbil, entonces parte de la URSS, nunca volvió a ser lo mismo.
La producción de HBO ha vuelto a poner el foco en un
incidente que 33 años después continúa despertando la fascinación y el miedo de
muchas personas. El fotógrafo y cineasta polaco Arkadiusz
Podniesinski es una de ellas. Lleva documentando Chernóbil desde 2008,
pero es consciente de su magnitud prácticamente desde que era pequeño. “Ya en
la escuela primaria me dijeron que bebiera yodo de Lugol para evitar que mi
cuerpo absorbiera los isótopos radiactivos”, explica a
eldiario.es recordando un momento que, según este, marcó sus proyectos
fotográficos posteriores. Así lo demuestra el fotolibro HALF-LIFE: desde Chernóbil hasta Fukushima, con el que
pretende “ayudar a los lectores a comprender la gravedad de este desastre para
que saquen sus propias conclusiones sobre la seguridad y el futuro de la
energía nuclear”.

Podniesinski también ayudó a Craig Mazin, productor y
guionista de la serie de HBO, a descifrar rasgos de la mentalidad ucraniana de
la época o incluso a acceder a determinados emplazamientos en los que querían
rodar. “El mayor mérito de la serie es mostrar las consecuencias de la mala
gestión, de las negligencias y de las mentiras en las que se basó toda la Unión
Soviética”, apunta el cineasta.
Los responsables de alertar al pueblo consideraron que no
tenían que divulgarlo porque, de lo contrario, demostraría la fragilidad del
bloque soviético frente al norteamericano en una era de tantas tensiones como
la de la Guerra Fría. No reconocieron los hechos hasta dos días después de la
explosión, y siguieron ocultando información de vital importancia hasta mucho
tiempo después. “Los intereses del imperio eran más importantes que la salud
humana”, agrega el fotógrafo.

La zona de alienación (o zona muerta, entre otros nombres),
un área de 30 kilómetros alrededor del reactor, fue evacuada y acordonada. Sin
embargo, el lugar del que hace tres décadas escaparon miles de personas hoy
paradójicamente atrae a profesionales (y curiosos) como el estadounidense David
McMillan, que lo ha visitado en 22 ocasiones. Es también autor del libro Crecimiento y decadencia: Prypiat y la zona de exclusión de
Chernóbil (editorial Steidl), en el que se puede ver cómo han cambiado
las instalaciones con los años. Las ruinas, cada vez más presentes, han dejado
paso a la vegetación y la fauna salvaje. Como si alguien hubiera apretado el
botón de reiniciar.
A los ojos parece que todo peligro se ha difuminado, pero
las llamadas “áreas calientes”, aquellas en las que la radiación fue más
intensa, todavía son puntos señalados en rojo en el mapa. “Es sorprendente cómo
algo sin presencia física detectable sin un instrumento pueda ser tan dañino.
No hay una diferencia aparente cuando se mira un área limpia y una
contaminada”, dice McMillan. No obstante, según Podniesinski, normalmente el
riesgo se reduce a seguir las reglas de seguridad apropiadas: “Usar ropa protectora,
máscara y limitar el tiempo de exposición”. “Sin embargo, si alguna vez tengo
cáncer, todos dirán que se debe a Chernóbil”, apunta con ironía.

El cineasta polaco
destaca tres zonas a tener en cuenta: el Bosque Rojo, que recibió casi todo el
humo contaminado; partes de la ciudad de Prípiat, construida en los años 70
para alojar a los trabajadores de la central; y, tal y como puede verse en
la serie, el sótano del hospital al que fueron llevados los primeros bomberos
que intentaron apagar el fuego. “Sus trajes estaban tan contaminados que nadie
sabía qué hacer con ellos, así que los dejaron en el sótano. De hecho, he
visitado este sitio muchas veces y allí siguen”.
Y es que, si los
exteriores de Chernóbil son desoladores, esta sensación se multiplica cuando la
cámara se adentra en casas o centros médicos, en aquellos sitios donde los
ciudadanos desarrollaban su vida normal. “Inicialmente pensé en fotografiar
paisajes, pero los interiores me conmovieron, especialmente las escuelas y los
jardines de infancia. Hubo algo que tuvo mucho que ver: sabía que el accidente
afectó a muchos niños y tenía la idea de tener mis propios hijos”, considera
McMillan.

En cambio, lo que más
llama la atención de Podniesinski no son los edificios abandonados, sino cómo
antiguos residentes han decidido volver a sus hogares a pesar de las pésimas
condiciones y de las advertencias del gobierno ucraniano. “Son principalmente
mujeres de unos 70 años, enfermas y privadas de atención adecuada. Hay
aproximadamente 150 ancianos, y ese número disminuye cada año”, añade el
cineasta sobre los llamados samosely (en español, colonos). No temen
a su destino porque ya está escrito.
Chernóbil, ciudad de
vacaciones
Ambos fotógrafos
coinciden en que no fue fácil conseguir el permiso oficial necesario para
traspasar la zona muerta. “Fue un reto. A través de una serie de conexiones me
dieron el número de un cineasta ucraniano que hablaba inglés y había filmado en
la zona, por lo que conocía a algunas de las personas que administraban el
área. Con su ayuda y la de alguna moneda obtuve acceso”, recuerda el fotógrafo
estadounidense.
Pero ahora todo es
mucho más fácil. La Zona abrió sus puertas al público en 2010, y solo basta una
búsqueda en Internet para encontrar páginas que ofertan el pack completo: mascarillas y
dosímetros con visita incluida a las bábushkas, “las abuelitas de
Chernóbil”.

“Transformarlo en una
atracción turística masiva ha sido el sueño de todo gobierno ucraniano tras la
tragedia. A raíz de esto llegaron empresas de todo el mundo para ofrecer
experiencias extremas a un precio asequible, así como hoteles, tiendas de
recuerdos que venden imanes que brillan en la oscuridad, bolígrafos e incluso
preservativos con el signo radiactivo en ellos”, lamenta Podniesinski, quien
añade que “lo que no ha sido destruido por el paso del tiempo hoy está siendo
destruido por la gente”.
No todos los
grupos se ajustan a protocolos oficiales. Los autodenominados
como stalkers [personas que se cuelan en la zona en busca de
'tesoros' radioactivos] recorren cientos de kilómetros por vegetación
irradiada, duermen en cobertizos abandonados y contemplan el amanecer sobre la
ciudad de Prípiat. Todo ello, por supuesto, de forma ilegal. “Te sientes como
la última persona de la Tierra. Deambulas por caminos, ciudades, pueblos
vacíos. Es una sensación mágica”, indicó uno de ellos a la revista National Geographic. “Para ellos es una aventura, como el
paracaidismo o el montañismo. Algunas personas realizan actividades de riesgo
para demostrarse algo a sí mismas”, asegura McMillan.

Pero, al margen de las
visitas y al margen de la ley, ¿aporta algo contemplar el reactor cuatro con
nuestros propios ojos? ¿O es solo morbo? Según el director polaco, “al
igual que las personas visitan Auschwitz para ver los efectos del exterminio nazi,
también deberían visitar Chernóbil para comprobar las consecuencias de
descuidar la energía nuclear”. Continúa diciendo que es necesario concienciar
de lo que puede provocar “el descontrol de la energía nuclear”, aunque, a
juzgar por los hechos, parece que las lecciones no han servido de mucho.
Los accidentes
nucleares no son problemas del pasado. 25 años después de Chernóbil, el mismo
miedo volvió a sacudir el planeta cuando una escena similar se repitió en
Fukushima (Japón) tras un terremoto. “Las causas de ambos desastres fueron
diferentes, pero los efectos económicos, sociales y de salud son casi
idénticos: la emisión de una gran cantidad de isótopos radiactivos a la
atmósfera y al océano, la contaminación de miles de hectáreas de tierra, la
evacuación de cientos de miles de personas, el tiempo y los millones de dólares
que costará eliminar los efectos del desastre”, enumera Podniesinski, que
también se desplazó hasta el país del sol naciente para comprobarlo. Deja
además una hipótesis en el aire: “Quién sabe, tal vez la segunda temporada de la
serie tenga lugar allí”.








