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1/3/17

DIGÁMOSLO TODO.  David Eloy Rodríguez



Los poetas cocinan en sus dependencias terrestres
el caldo de la resurrección con aceite de revuelta,
mezclan los ingredientes a su antojo,
inventan recetas a partir de tratados antiguos.

Cada cual con su lastre de palabras heridas.
Cada cual con su sombra y su malentendido.
Cada cual con su cuerpo que envejece.

El humo del guiso sale por las chimeneas
de la casa del tiempo verdadero,
y, realmente, abre el apetito oler ese sabor.

Sin embargo, y también hay que decirlo,
es cierto que casi ningún poeta
tiene carné de conducir,
y a pocos les alcanza para pagar el alquiler.

¡Qué viejo y emocionante oficio!

Lastimados, lastimosos poetas:
condenaron sus sueños a la cárcel,
y sus sueños no querían ir.

22/1/10

David Eloy Rodriguez. Codex de Poetas

APARICIONES FUGACES DE PRODIGIOSA DURACIÓN

Súbditos de regiones clausuradas,
lejos de la verdad
de cada cosa,
malgastamos el tiempo en este exilio
en el vano país
de lo evidente:
esta enorme prisión,
este baile deshabitado.

Pero un niño secreto vive
bajo todas las máscaras.

A veces asoma su sed
yugular, descubre sus ojos primordiales,
y nos reconocemos:
vislumbramos en su inocencia libertaria
qué somos, quiénes.
La vida ocurre entonces:
hallazgo, sentido, reunión,
certeza de ser, la justicia
de una respiración tan verdadera
en los resucitados.

Ese niño secreto
se asfixia en la maleza de ilusiones,
se araña en signos huecos, mentirosos,
es por eso que nos implora
y susurra al oído su plegaria
como si nos dictase
la letra de canciones imposibles:

Habría que esquivar la muerte,
sus fauces tan abiertas,
vivir las horas
en crudo, de asombro en asombro.
Habría que nacer, darse a nacer,
tener la audacia
de aquiestar en el mundo,
probar a lo que sabe algo sin nombre,
apoyar las dos manos en su vértigo.

Sólo somos si somos aventura.

Sólo lo fugitivo permanece.


Pero no escuchamos bien qué dice
-hay quizás demasiado ruido-
y no entendemos nada, nada.

¿Lograremos hoy el milagro
de la revelación de la materia?
¿Arribaremos absolutos,
íntegros, a los otros?
¿Podremos hoy vencer los miedos
y ver más claro, hacer verdad?

Casi todo nos pasa inadvertido.

Un niño prisionero se hace sangre.


Del libro Asombros [colección Carne y Sueño, César Sastre Editor, 2006]
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COMO SI EL TITANIC PAGARA AL ICEBERG

I
No confíes en los perros
de los cazadores.
Tienen los huesos negros.
No corras a besar
sus colmillos.
Tú eres la presa.

II
No te dejes seducir por el miedo.
Paraliza. Aquieta la sangre.
Acalla las ganas.
No te dejes seducir por el miedo.
Es fácil, es injusto.
El miedo es su número,
su fuerza, su golpe.
El miedo deja cardenales.
El miedo cansa.
El miedo es un vampiro:
no le ofrezcas tu cuello,
tu tiempo, tu sangre.

III
Somos perros apaleados.
Somos, nosotros también,
los perros de los cazadores.
Ten cuidado. Puedes matar.
Puedes volverte contra los tuyos.
Puedes morder tu propia carne.

IV
Trabajo en una mina de frío.
Me encierro en una casa
sin puertas ni ventanas.
Mi silencio es un bloque de hormigón.
Soy ahora cómplice y traidor,
soy mi propio verdugo.
Soy una casa deshabitada.

V
No te pongas de rodillas
salvo por piedad.
No huyas
salvo por piedad.
La piedad es la única ventana
para ver amanecer.

del libro "Miedo de ser escarcha (Sevilla, 2000)

15/5/09

David Eloy Rodríguez. Codex de Poetas

Nacido en Cáceres en 1976. Vive en Sevilla. Es autor de los libros de poesía: Chrauf (Ediciones de la Universidad de Sevilla, 1996), Miedo de ser escarcha (Qüasyeditorial, 2000) y Asombros (César Sastre editor, colección Carne y Sueño, http://www.imagoforum.com/, con imágenes del pintor Miki Leal, 2006). Poemas suyos han sido recogidos en diversas antologías. Escribe (reseñas, artículos…) en publicaciones periódicas. Participa en diferentes proyectos escénicos que relacionan poesía y música.


MUESCAS

Llevaban al bosque a sus hijos recién nacidos
y allí los dejaban por una noche
a merced del hambre, de la intemperie,
la solitaria oscuridad, la cercanía de los lobos.
Negaban hacer mal con el rigor de esta ley.
Su intención era que se acostumbraran,
como ellos, pronto al duro sufrimiento,
la falta de misericordia, la distancia, el desamparo.
Pasada esta noche las madres los recogían.
Algunos entonces estaban muertos.
Las madres lloraban su triste suerte.
Los vivos habían criado piel de frío y ojos tristes.
Las madres regresaban del corazón del bosque
con sus amados hijos en los brazos
y les daban mimos y caricias
para borrar de su rostro inocente el espanto.
Yo también nací, como vosotros, esa noche
de oscuro frío y lobos en un bosque.
Yo también aprendí sus enseñanzas:
la culpa, la fiebre, las astillas en los ojos.
Yo también estuve en ese bosque y tuve miedo.
Yo también he deseado que nunca más suceda.
Yo tampoco he podido olvidarlo.

David Eloy Rodríguez