3/3/10

Berta García Faez. Teoría poética y Deseo











Teórica poética
No te dejes engañar por mis efectos.
Sabes que hablo de ti. Son sólo golpes.
Hablo de ti cuando hablo de un guerrero
que perdió la cadena de Ana y un brazo;
hablo de ti al narrar un escote nocturno
enamorado del cliente más perdido, o al hablar
del marinero aquel que se tiró al Pacífico
porque Vigo quedaba muy lejos.
Hablo de ti cuando hablo de Apollonia,
la italiana que murió en Ruanda por una bomba
y que sólo quería ser feliz en América
(así como casarse con un gángster a lo Vito).
Hablo también de ti cuando cito a Perseo,
o a un niño criado con los lobos ansiosos.
¡Antífrasis, antífrasis de disimulo y engañifa!
Y eufemismos y elipsis que me duelen,
y no llamarte por tu nombre, y esconderlo todo…
Hablo de ti cuando cuento lo del jardín de la loca,
o lo de la mujer que murió esperando en un puerto.
No importa de quien hable, hablo siempre de ti.
Un solo tema: todo es daño y mal. Son sólo golpes,
efectos, escondrijos para despistar a los curiosos,
para suavizar la verdad, que siempre es peor.
Lo cierto es que nada tienes que ver con Arthur,
ni con ese campeón de boxeo que maltrataba versos
a la luz del neón (siempre para Sandra),
y mucho menos aún con Sandra,
cajera del Wallmart,
abandonada por cinco hombres, y uno violento.
Pero no importa el título o el protagonista.
Siempre eres tú.
Se llama despersonalización, o simplemente farsa.
Uso esos nombres para llegar a ti, en la intimidad
de mi imperiosa ruina: para evacuarte, para no
dejarte en el tintero rencoroso. Así te archivo
en líneas de mentira, en frases embusteras.
Tienes que saber también que cuando hable
de Sicilia, de Cuenca, de Las Vegas,
de mí, hablo de ti,
aunque estés en Londres, comprando tal vez
una corbata. El dolor es mi tenia personal, la errata
que estropea mi habitual coherencia. Y no importa
cómo lo vistas. Está ahí, a pie de corazón.
No importaque ahora vayas con traje o shorts para el tenis
(para el partido en el castillo
de los Weber o los Turgot),
ni que yo esté con el encaje rojo
o sencillamente desnuda.
Por dentro es lo mismo: mi cuerpo y la angustia.
Y te aseguro que me siento
como si estuviera en el Pacífico,
en un barco ciclópeo que transporta piezas de coche,
o simplemente atún o pulpo o combustible,
y frente a mí el tentador mar azul y muy lejos Vigo.

Night club para alumnas aplicadas, de Berta García Faet.
VII Premio Nacional de Poesía "Ciega de Manzanares", 2008


Berta es poeta y estudiante


Deseo




A mis escasos y queridos lectores: mis strip-teases, tal vez lo hayáis notado, son cada vez menos frecuentes y más largos (pues más largas son las canciones que bailo). No son hechos fortuitos, ninguno. Y como vengo diciéndonos, todos salimos ganando.
Lo que viene a continuación es uno de los pocos poemas que contradicen mi inicial tesis: “los poemas no son felices porque cuando somos felices estamos demasiado ocupados siendo felices como para escribir poemas”. Pues bien, trato de superar esto. Adam Zagajeswky lo hizo, y este poema se llama Deseo como cutre-homenaje a su extremamente melancólico, feliz, sensual y caluroso libro Deseo.





DESEO"and the lovers
pass by, pass by"
Sylvia Plath



Padres, hermanos, amigos, profesores:
soy un ser de deseo.

No basta con contextualizarme
-yo en el salón, en la bañera, en el cine, en el despacho:
ocupada en las tareas que desubican el deseo-
para lograr acallar este hecho sin espacio:
que, especialmente,
soy un ser de deseo.

En el reino de la astenia y sus panfletos,
en este el milenio de la saturación y los cuerpos
bellísimos encerrados en patéticos frasquitos de fobias,
sin tocarse,
yo soy un ser de deseo: bocas entreabiertas, corazón-voluta.

En el mundo de los helados estanques
de unidades inconmensurables y aisladas del contacto
(cuerpos bellísimos perdidos-agarrados a maderas,
miedosos de rozar un tobillo, por si al final se enamoran),
os tan-solemne-y-tierna-y-felizmente anuncio
una pulpa de deseo: no puedo salir de Shostakovitch
y me alimento de trompetas y de amores de la infancia
que me encuentro en el metro y de señores-frutas.


Soy un ser de deseo:

1. Sé lo que es una revuelta de hormigas rojas africanas
por entre las piernas.

2. Sé lo que es llegar a morderse los labios.


3. Sé lo que es decirle, por ejemplo
oh sí qué interesante y qué pasó después dime
mientras pienso
oh Dios lo que te haría
oh Dios oh Dios en cuanto te descuides
te planto un beso que te mueres de colores;
y,
luego,
impondré mi disciplina –y una cierta dulzura-
en tu cuarto ex-templo-de-ver-castamente-películas;
y,
luego,
montaré una fiesta con todos los que un día fueron míos,
y os haréis buenos amigos, y volveremos todos
a un cierto París básicamente de cuellos.

Porque,
sobre todo,
soy un ser de deseo;
y si me muevo por el mundo
es para que engorde, que engorde, que engorde
a mis expensas.
Constantemente paso hambre.
Soy un ser de deseo, caminamos juntos
por mi acumulación de cosas;
algún prodigio, alguna ventana.

Y sólo cuando mi deseo se ha convertido en una inmensa bola
o en un pichón o conejo obeso y planetario,
lleno de estrías por seguir creciendo
hasta llegar al límite abismal de su volumen posible,

sólo entonces,
cuando su tamaño ya nos resulta plenamente asqueroso,
socialmente nocivo, sentimentalmente molesto,
lo mato
y me lo como.

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